Ciento veinticinco.

Quizás sé, en alguna parte,
en un rincón de mi corazón,
que el amor nunca dura.

Y yo siempre viví así,
manteniendo una distancia confortable,
y hasta ahora me había jurado a mi misma
que iba a estar contenta con la soledad.

Porque no merece la pena correr el riesgo por nadie.