Treinta y siete.

¿De verdad que soy la única en este mundo que prefiere quedarse una tarde sentada en un parque hablando con sus amigos antes que irse a un sitio cerrado repleto de gente que no para de darte codazos y pisarte los puñeteros pies, que dicho sea de paso, están los pobres adoloridos de no parar de bailar?


Quisiera pensar que no.