Treinta y nueve.

El miedo que le tengo a hacer el ridículo y a la vergüenza en general contribuye a que odie con todas mis fuerzas la bebida.


Paso vergüenza ajena sólo con ver a la gente soltar tonterías cuando están borrachas, ya si soy yo la gilipollas que suelta perlas por la boca estando ebria creo que me moriría por quemaduras de 3er grado a causa de mi propia sangre hirviendo en mi cara roja.